
Me buscaron. Insistentemente. Mensajes de texto, fax, hasta un servimoto mandaron. Yo seguía filosofando. Pensaba que sólo un genio podía haber inventado el fernet. Y que sólo otro genio podía haberlo mezclado con Coca, formando de esta manera un elixir inigualable. Sobre todo cuando ya nada te importaba. Estaba en eso, en apurar un trago, cuando entró corriendo un muchacho con cara de susto, como si hubiese visto al perro familiar. "Disculpe, ¿el señor Castro?", me preguntó. Lo miré fijo a los ojos. Me encantaba hacer eso porque sabía que mis ojos eran extraños para cualquier mortal. "Me pidieron que le dé esto", dijo y me entregó un papel. No le dije nada. Tampoco esperó. Se fue tan rápido como vino. Dejé mi vaso y sequé i mano en el pantalón. Abrí el papel y me sorprendió leer lo allí decía. Un frío recorrió mi espalda e instintivamente miré en todas direcciones. No había nadie más que una pareja que jugaban al amor, el viejo barman y yo. Volví a leerlo, como para convencerme. Si, decía lo que leía: "la niña rata ha vuelto". No lo podía creer. Respiré profundo, buscando concentrarme y maldiciendo or haberme excedido en el fernet. Me levanté y tiré unos billetes en la mesa. No recuerdo si saludé al viejo barman. Mi apuro era evidente, a pesar de querer mostrar calma. Subí a mi auto y dudé unos segundos, pero finalmente presioné el botón verde. Una serie de transformaciones y el tablero cambió por completo. Indiqué a la computadora central la dirección y el vehículo comenzó a moverse. Mientras, yo aprechaba para ponerme mi traje especial. Nadie debía saber quién era yo y lo que hacía en la ciudad. Una ciudad que se hundía ante un grupo de gente y humanoides que destestaban todo lo bueno. ¿Qué era bueno? ¿Quién definía lo que estaba bien y lo que estaba mal? Definitivamente no era yo. Pero desde que ví a mi familia morir cruelmente...injustamente...decidí que es malo y que es bueno.
Llegué en pocos minutos, mientras la luna jugaba entre las nubes. El viento del otoño, del inexistente otoño, mecía los árboles. Trepé por las paredes, valiéndome de mis artefactos especialmente creados, y llegué a la terraza del más alto. Me paré y agudizé mi vista tanto como pude. La luna me ayudaba...y a la vez me traicionaba, pues dejaba ver mi figura, recortada contra el cielo. Entonces, escuché el chillido. Entre las sombras, corriendo pegada a las paredes, iba La Niña Rata. No dudé. No podía dudar. Me lancé al vacío, por su espalda, evitando que me vea. Estaba a punto de atacar cuando un golpe me desvió. Logré asirme de un balcón. Intenté ver qué había pasado cuando un segundo golpe me nubló la visión. Ya no tenía de dónde agarrarme. Sentí mi espalda chocar contra el techo de un auto. Entonces lo vi. Era el maldito Cóndor que me atacaba. Me paré con dificultad. La Niña Rata estaba para da frente a mi y Cóndor daba vueltas, sin dejar de mirarme.
(continuará)