
La transpiración se hacía cada vez más evidente en su frente. Sus ojos buscaban la nada, pero encontraba el todo y su voz, áspera como la piel de un membrillo, por momentos se perdía.
- Le juro, señor Juez, que mis intenciones eran sanas-dijo-y le voy a demostrar yo mismo que lo dicho aquí contra mi persona es una falacia.
Un murmullo recorrió la sala y él sintió que una bandada de buitres aleteaba sobre su moribundo cuerpo. Tragó saliva, amarga, y carraspeó una...dos...tres veces.
- ¡Silencio o desalojo la sala! - bramó el Juez.
- Gracias, señor Juez-apenas alcanzó a decir. Miró los papeles desacomodados sobre el escritorio mientras se acomodaba la corbata. Un flash de un fotógrafo lo despabiló y confundió a la vez. El Juez se echó hacia atrás y juntó sus manos, tal vez rezando por él, tal vez calentando sus frías manos.
- Prosiga, Otamendi - espetó el magistrado.
- Como le decía, yo no entiendo mucho lo que sucedió. Porque estaba muy tranquilo, una vida piola...perdón, cómoda, y de golpe...todo esto. Me arruinaron. Y quieren hacerme creer que yo soy culpable, que yo me arruiné solo. No, nada más alejado de la realidad -volvió a ojear sus escritos- porque la realidad va a demostrar que yo...este...nunca en mi vida, señor Juez. Le juro que nunca. Bah, para qué jurar si usted ya debe saber mis antecedentes...los que no tengo. Y no es que sea un rarito o un...y lo digo sin ofender, un puto. Es más, tengo muchos amigos putos. Pero también tengo muchos amigos que son hinchas de Banfield y yo no. ¿Me entiende?
El Juez entrecerró sus ojos como un dios griego a punto de destruir una ciudad, pero se contuvo. Otamendi avanzó un paso y se frenó.
- A lo que voy, es que me gusta pasarla bien de vez en cuando. Qué se yo, tomar un fernecito, ir a algún baile o asado con los amigos. Y, obviamente, me gustan las mujeres. Yo no sabía que era piba, porque se la ve más grande. Yo le daba unos 22. Qué iba a saber que tenía 16. Pero yo a ella ni la toqué....le juro. Es más, le dije que no quería nada con ella.
En ese momento, sonrió. Y levantó la vista al techo, como recordando.
- La otra si que estaba buena. La amiga...y ella me daba bola. Asi que empecé a acercarme a ella, un vasito de cerveza, una abrazo, un besito...y bueno, se imaginará, señor Juez...Estuvimos toda la noche teniendo...este...bueno, relaciones sexuales. Y ojo, que a ella le gustaba y me pedía más. Pero con la otra piba, no, le juro que no.
- ¿Y cómo se llama la menor con la que estubo? - preguntó el Juez, mirándolo como si sus ojos fueran los agujeros de una escopeta doble caño.
- Este...Martina Esquivel...si, Martina Esquivel.
Las canas y arrugas habían ganado la cabeza de Otamendi como una enredadera gana un muro. Un muro, una reja, mucha humedad. Cadena perpetua. Esa fue la sentencia. Apelada una y otra vez. Pero no hubo caso. El Juez de la causa cerró el caso y poco después, se mudó de la ciudad junto a su esposa y su hija. Nunca más se supo de él, pero todos recuerdan al Juez, el Doctor Martín Esquivel.
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