
Nadie sabe nada de él en la oficina. Nadie sabe bien qué función cumple ni cuántos años hace que trabaja en ese lugar. Nadie sabe su nombre. Es Gorostiaga. Pelo negro, engominado, nunca gel. Lentes. Nariz prominente, labios finos y los ojos en permanente sospecha, achinados. Los hombros enjuntos, como pájaro mojado. Traje gris, siempre gris. El nudo de la corbata denota que nunca lo desarma. Gorostiaga no se lleva bien con la tecnología. Lo demuestra cada vez que se sienta frente a su computadora y menea la cabeza mostrando su disconformidad. Mira para todos lados, buscando ayuda. Nadie lo mira. Como siempre. Y él se sumerge en su mundo. Nunca insulta, apenas si murmura un "mier...", dejando la última sílaba en su interior. Y se sonroja. Gorostiaga no levanta la voz. Y pocos la conocen. El Jefe de la oficina lo escucha de vez en cuando pero lo interrumpe apenas comienza a balbucear. Su voz, suave, gangosa, pasa desapercibida en el trajín del trabajo. Gorostiaga tiene 35 años, o 45, o 55. Es lo mismo. A nadie le interesa. Ni su nombre. "¿Qué hacés, Goro?", lo saludó la Secretaria un día. Se sonrojó y tímidamente dijo, sin que lo escucharan, "Daniel me llamo", y siguió su camino.
Nunca le encomendaron misiones complicadas. "Gorostiaga, comprame una tira de Cafiaspirina", es la orden más recurrente. Y Gorostiaga la cumple. Un día faltó, y el Jefe no tuvo otra alternativa que soportar su dolor de cabeza.
Se acercaba Semana Santa y los trabajadores de la Oficina decidieron hacer un fondo común y comprar huevos de pascua. Gorostiaga aportó, como todos. El miércoles anterior al feriado largo, en una gran canasta, estaban todos los huevos de pascua. Uno a uno, los trabajadores buscaron su obsequio. Gorostiaga, tímidamente, se dirigió a la canasta. "¡Gorostiaga, qué hace???", inquirió el Jefe. "Yo...esteee...busco mi huevo de pascua". El Jefe miró a todos los trabajadores. Algunos bajaron la vista, otros sonrieron socarronamente. "No, Gorostiaga, vaya a buscarme Cafiaspirina". No dijo nada. Era lo mismo, nadie lo huebiese escuchado. Mientras se iba a cumplir su tarea, escuchó risas y un "¡Felices pascuas!". Metió la mano en su bolsillo y sacó un frasquito. Una mueca se instaló en su boca, como si fuese una sonrisa.
Esa noche, cuando ya todos los trabajadores y el Jefe estaban internados, la mujer de limpieza vació el último cesto. Ahí fue el frasquito de Gorostiaga, ese que contenía veneno.
Cambió el Jefe y los trabajadores. Pero Gorostiaga seguía y todos seguían sin saber de él. A veces miraba a todos y pensaba: "Felices pascuas...un huevo pedía...nada más".
A Fabiano Actis
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