
"¿Cuándo fue la última vez que miraste el cielo?", inquirió Peñalba. Desde el turquesa al negro absoluto. La bóveda que cubre el todo mostraba una perfección inentendible para tan simples criaturas. Las estrellas, que ya dejaban ver su pompa y brillo, se hinchaban y deshinchaban titilando como balizas, precaviendo al cosmos. Hacía rato que la luna había levado anclas y echado a navegar el cielo, tiñiendo todo de palidez. Venus, orgullosa como siempre, se mostraba más brillante a medida que la noche iba ganando las horas. Tampoco el día peleaba por quedarse. Sabía que iba a volver.
Peñalba hizo un esfuerzo para levantar su cabeza y miró para los costados. Volvió a acostarse, largando un suspiro profundo, como la noche. Con una mano espantó un bicho mientrs la otra hacía de almohada. Era prolijo. Acomodadas una a la par de la otra, sus alpargatas. El viento, sueve, frotaba sus pies que habían recorrido tantos caminos como existían. No sabía ni entendía la etimología de filosofía pero se cuestionaba todo y para todo tenía respuesta. "Hay que mirar el cielo, dijo, porque ahi está todo y ahi nace todo".
El otro lo miró sin decir nada y siguió cómodamente echado. Mucho tiempo llevaban juntos. Peñalba lo quería, aunque a veces lo puteaba. En más de una oportunidad llegó a darle una patada. Pero lo quería. Y el otro, lo amaba. Casi diez años juntos. Menos al baño, lo seguía a todas partes. Peñalba empezaba a caminar y el otro lo miraba angustiado. Un chiflido y le cambiaba el semblante. Corría hasta ponerse a la par. Perro fiel el otro.
Peñalba se incorporó un poco y entrecerró los ojos, como sospechando. A lo lejos, como barcos vikingos en busca de tierras por conquistar, las nubes se acercaban. "Viene tormenta", dijo. Y el otro lo miró, pero no le dijo nada. "Vamos", dijo y se incorporó luego de calzarse las alpargatas. El otro comenzó a andar y se frenó, a esperarlo. Peñalba lo alcanzó y le acarició la cabeza. Rumbearon al "nido", como le decía al rancho.
Una modesta construcción de adobe y pintada a la cal, para protegerla de las vinchucas. Y porque era prolijo. Adentro, una habitación con una cama por la que alguna vez pasó una mujer. La cocina ordenada, que hacía de comedor y de sala velatoria. Porque ahi lo velaron al "Sordo" González, que murió por la mordedura de una yarará que no vió porque no escucharon cuando le advirtieron de su presencia.
La luna les marcaba el camino. El otro se frenó en seco y luego aceleró el paso, hasta frenarse nuevamente. "Tranquilo, che, es un caballo", dijo Peñalba. La silueta del equino, que pastaba mansamente, se dejaba ver en medio del camino. Pasaron por al lado y en ese momento, el caballo levantó la cabeza y dijo: "Buenas noches". Abrir los ojos hasta que casi se salieran del cráneo, las piernas compitiendo una con la otra para ver cuál era más rápida, las bocas abiertas tragando todo el oxígeno del mundo. Espantados, corrieron unos 800 metros. Peñalba le dió una patada a la puerta del rancho y el otro aprovechó y corrió hasta meterse bajo la cama. Peñalba, por miedo, por confianza, lo imitó. Asi estuvieron un buen rato, agitados, asustados. Entonces, el otro miró a Peñalba y dijo: "¡¿Qué cagazo, no?!".
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