viernes, 17 de abril de 2009

Señor Juez


La transpiración se hacía cada vez más evidente en su frente. Sus ojos buscaban la nada, pero encontraba el todo y su voz, áspera como la piel de un membrillo, por momentos se perdía.

- Le juro, señor Juez, que mis intenciones eran sanas-dijo-y le voy a demostrar yo mismo que lo dicho aquí contra mi persona es una falacia.


Un murmullo recorrió la sala y él sintió que una bandada de buitres aleteaba sobre su moribundo cuerpo. Tragó saliva, amarga, y carraspeó una...dos...tres veces.


- ¡Silencio o desalojo la sala! - bramó el Juez.


- Gracias, señor Juez-apenas alcanzó a decir. Miró los papeles desacomodados sobre el escritorio mientras se acomodaba la corbata. Un flash de un fotógrafo lo despabiló y confundió a la vez. El Juez se echó hacia atrás y juntó sus manos, tal vez rezando por él, tal vez calentando sus frías manos.


- Prosiga, Otamendi - espetó el magistrado.


- Como le decía, yo no entiendo mucho lo que sucedió. Porque estaba muy tranquilo, una vida piola...perdón, cómoda, y de golpe...todo esto. Me arruinaron. Y quieren hacerme creer que yo soy culpable, que yo me arruiné solo. No, nada más alejado de la realidad -volvió a ojear sus escritos- porque la realidad va a demostrar que yo...este...nunca en mi vida, señor Juez. Le juro que nunca. Bah, para qué jurar si usted ya debe saber mis antecedentes...los que no tengo. Y no es que sea un rarito o un...y lo digo sin ofender, un puto. Es más, tengo muchos amigos putos. Pero también tengo muchos amigos que son hinchas de Banfield y yo no. ¿Me entiende?


El Juez entrecerró sus ojos como un dios griego a punto de destruir una ciudad, pero se contuvo. Otamendi avanzó un paso y se frenó.


- A lo que voy, es que me gusta pasarla bien de vez en cuando. Qué se yo, tomar un fernecito, ir a algún baile o asado con los amigos. Y, obviamente, me gustan las mujeres. Yo no sabía que era piba, porque se la ve más grande. Yo le daba unos 22. Qué iba a saber que tenía 16. Pero yo a ella ni la toqué....le juro. Es más, le dije que no quería nada con ella.


En ese momento, sonrió. Y levantó la vista al techo, como recordando.


- La otra si que estaba buena. La amiga...y ella me daba bola. Asi que empecé a acercarme a ella, un vasito de cerveza, una abrazo, un besito...y bueno, se imaginará, señor Juez...Estuvimos toda la noche teniendo...este...bueno, relaciones sexuales. Y ojo, que a ella le gustaba y me pedía más. Pero con la otra piba, no, le juro que no.


- ¿Y cómo se llama la menor con la que estubo? - preguntó el Juez, mirándolo como si sus ojos fueran los agujeros de una escopeta doble caño.


- Este...Martina Esquivel...si, Martina Esquivel.


Las canas y arrugas habían ganado la cabeza de Otamendi como una enredadera gana un muro. Un muro, una reja, mucha humedad. Cadena perpetua. Esa fue la sentencia. Apelada una y otra vez. Pero no hubo caso. El Juez de la causa cerró el caso y poco después, se mudó de la ciudad junto a su esposa y su hija. Nunca más se supo de él, pero todos recuerdan al Juez, el Doctor Martín Esquivel.


miércoles, 15 de abril de 2009

El otro y Peñalba


"¿Cuándo fue la última vez que miraste el cielo?", inquirió Peñalba. Desde el turquesa al negro absoluto. La bóveda que cubre el todo mostraba una perfección inentendible para tan simples criaturas. Las estrellas, que ya dejaban ver su pompa y brillo, se hinchaban y deshinchaban titilando como balizas, precaviendo al cosmos. Hacía rato que la luna había levado anclas y echado a navegar el cielo, tiñiendo todo de palidez. Venus, orgullosa como siempre, se mostraba más brillante a medida que la noche iba ganando las horas. Tampoco el día peleaba por quedarse. Sabía que iba a volver.


Peñalba hizo un esfuerzo para levantar su cabeza y miró para los costados. Volvió a acostarse, largando un suspiro profundo, como la noche. Con una mano espantó un bicho mientrs la otra hacía de almohada. Era prolijo. Acomodadas una a la par de la otra, sus alpargatas. El viento, sueve, frotaba sus pies que habían recorrido tantos caminos como existían. No sabía ni entendía la etimología de filosofía pero se cuestionaba todo y para todo tenía respuesta. "Hay que mirar el cielo, dijo, porque ahi está todo y ahi nace todo".


El otro lo miró sin decir nada y siguió cómodamente echado. Mucho tiempo llevaban juntos. Peñalba lo quería, aunque a veces lo puteaba. En más de una oportunidad llegó a darle una patada. Pero lo quería. Y el otro, lo amaba. Casi diez años juntos. Menos al baño, lo seguía a todas partes. Peñalba empezaba a caminar y el otro lo miraba angustiado. Un chiflido y le cambiaba el semblante. Corría hasta ponerse a la par. Perro fiel el otro.


Peñalba se incorporó un poco y entrecerró los ojos, como sospechando. A lo lejos, como barcos vikingos en busca de tierras por conquistar, las nubes se acercaban. "Viene tormenta", dijo. Y el otro lo miró, pero no le dijo nada. "Vamos", dijo y se incorporó luego de calzarse las alpargatas. El otro comenzó a andar y se frenó, a esperarlo. Peñalba lo alcanzó y le acarició la cabeza. Rumbearon al "nido", como le decía al rancho.


Una modesta construcción de adobe y pintada a la cal, para protegerla de las vinchucas. Y porque era prolijo. Adentro, una habitación con una cama por la que alguna vez pasó una mujer. La cocina ordenada, que hacía de comedor y de sala velatoria. Porque ahi lo velaron al "Sordo" González, que murió por la mordedura de una yarará que no vió porque no escucharon cuando le advirtieron de su presencia.


La luna les marcaba el camino. El otro se frenó en seco y luego aceleró el paso, hasta frenarse nuevamente. "Tranquilo, che, es un caballo", dijo Peñalba. La silueta del equino, que pastaba mansamente, se dejaba ver en medio del camino. Pasaron por al lado y en ese momento, el caballo levantó la cabeza y dijo: "Buenas noches". Abrir los ojos hasta que casi se salieran del cráneo, las piernas compitiendo una con la otra para ver cuál era más rápida, las bocas abiertas tragando todo el oxígeno del mundo. Espantados, corrieron unos 800 metros. Peñalba le dió una patada a la puerta del rancho y el otro aprovechó y corrió hasta meterse bajo la cama. Peñalba, por miedo, por confianza, lo imitó. Asi estuvieron un buen rato, agitados, asustados. Entonces, el otro miró a Peñalba y dijo: "¡¿Qué cagazo, no?!".

jueves, 2 de abril de 2009

Gorostiaga, qué hace???


Nadie sabe nada de él en la oficina. Nadie sabe bien qué función cumple ni cuántos años hace que trabaja en ese lugar. Nadie sabe su nombre. Es Gorostiaga. Pelo negro, engominado, nunca gel. Lentes. Nariz prominente, labios finos y los ojos en permanente sospecha, achinados. Los hombros enjuntos, como pájaro mojado. Traje gris, siempre gris. El nudo de la corbata denota que nunca lo desarma. Gorostiaga no se lleva bien con la tecnología. Lo demuestra cada vez que se sienta frente a su computadora y menea la cabeza mostrando su disconformidad. Mira para todos lados, buscando ayuda. Nadie lo mira. Como siempre. Y él se sumerge en su mundo. Nunca insulta, apenas si murmura un "mier...", dejando la última sílaba en su interior. Y se sonroja. Gorostiaga no levanta la voz. Y pocos la conocen. El Jefe de la oficina lo escucha de vez en cuando pero lo interrumpe apenas comienza a balbucear. Su voz, suave, gangosa, pasa desapercibida en el trajín del trabajo. Gorostiaga tiene 35 años, o 45, o 55. Es lo mismo. A nadie le interesa. Ni su nombre. "¿Qué hacés, Goro?", lo saludó la Secretaria un día. Se sonrojó y tímidamente dijo, sin que lo escucharan, "Daniel me llamo", y siguió su camino.

Nunca le encomendaron misiones complicadas. "Gorostiaga, comprame una tira de Cafiaspirina", es la orden más recurrente. Y Gorostiaga la cumple. Un día faltó, y el Jefe no tuvo otra alternativa que soportar su dolor de cabeza.

Se acercaba Semana Santa y los trabajadores de la Oficina decidieron hacer un fondo común y comprar huevos de pascua. Gorostiaga aportó, como todos. El miércoles anterior al feriado largo, en una gran canasta, estaban todos los huevos de pascua. Uno a uno, los trabajadores buscaron su obsequio. Gorostiaga, tímidamente, se dirigió a la canasta. "¡Gorostiaga, qué hace???", inquirió el Jefe. "Yo...esteee...busco mi huevo de pascua". El Jefe miró a todos los trabajadores. Algunos bajaron la vista, otros sonrieron socarronamente. "No, Gorostiaga, vaya a buscarme Cafiaspirina". No dijo nada. Era lo mismo, nadie lo huebiese escuchado. Mientras se iba a cumplir su tarea, escuchó risas y un "¡Felices pascuas!". Metió la mano en su bolsillo y sacó un frasquito. Una mueca se instaló en su boca, como si fuese una sonrisa.

Esa noche, cuando ya todos los trabajadores y el Jefe estaban internados, la mujer de limpieza vació el último cesto. Ahí fue el frasquito de Gorostiaga, ese que contenía veneno.

Cambió el Jefe y los trabajadores. Pero Gorostiaga seguía y todos seguían sin saber de él. A veces miraba a todos y pensaba: "Felices pascuas...un huevo pedía...nada más".


A Fabiano Actis