martes, 17 de marzo de 2009

Sapo, no príncipe...


El sapo miró una vez más. Las membranas de sus ojos bajaron y subieron con asombrosa rapidez. El croar de sus congéneres, el viento en los cadillos, los molestos grillos desafinando. Nada. El sapo no escuchaba. Tampoco olía los jamínes y azahares que repugnaban el ambiente. Solo miraba. Su suerte, su buena suerte, comenzaba a crecer y el viento echaba con vozarrón de tabernero a las ebrias nubes. La luna, envidiosa, iluminaba sin saber que su luz era del envidiado. Que le importaba al sapo cuya única meta en ese instante, era mirar. El estanque tenía más barro, producto de la sequía. Tantas nubes sin lluvia. Una orquesta sin partitura ni instrumentos. Hacía mucho que vivía alli. Nació y nadó alli. Para él, era lo mismo que tuviera o no agua. Valió la pena, debe haber pensado el sapo, tanto sacrificio, tanta metamorfosis. Seguro lo pensó si es que los sapos piensan. Este parecía muerto, de museo de ciencias naturales. Apenas si se le hinchaba la papada. Concentrado, asi estaba. De a ratos, se le reflejaba en los ojos la víctima. Los cadillos quedaron inmóviles. Enfrentó sus patas delanteras e hizo un movimiento, casi imperceptible, hechando su cuerpo hacia atrás. Si la vida tuviera supermotion, la vista de su lengua saliendo de su boca mientras su deforme cuerpo se estiraba era digna de ver. Alcanzó su objetivo en un segundo, tal vez menos. Y en menos también lo soltó. La colilla de cigarrillo encendida quedó a un costado. La puta que lo parió, pensó, si es que los sapos piensan. Tendrían que prohibir esa mierda, pensó, si es que los sapos piensan. Escuchó las carcajadas de los changos que se alejaban del lugar, encendiendo otro cigarrillo en busca de otra víctima.

El sapo siguió inmóvil. Un tuco pasó frente a sus ojos. No, los sapos no piensan. Lo dejó pasar con su luz brillante. Es que sapo que se quema con una colilla, ve una luciérnaga y llora. No piensa.

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