Un mosquito se entretuvo más de la cuenta, como haciendo una sobremesa, en su brazo. La mancha de sangre quedó marcada en su palma. Hasta ese gesto lo hizo con bronca. Los miró. Se levantó lentamente, casi sin que nadie lo percibiera. Fue hasta su bolso.
El silbato del árbitro despabiló a varios. Los dos equipos comenzaron a poblar la cancha y al costado se fueron acomodando los simpatizantes. Bicicletas, motos, piedras grandes y algunos cajones hacían de platea preferencial y la techada era bajo una morera enorme.
Una moneda de cincuenta centavos surcó el cielo y aterrizó sobre la gorda mano del gordo referí. "Cara, ustedes sacan", le dijo al capitán de su equipo. El miraba atento desde afuera mientras movía circularmente sus pies. Calentaba el cuerpo aún sabienmdo que no iba a jugar. Su mente ya estaba caliente.
La pelota se movió del medio, la otra pelota, el árbitro, siguió casi todo el juego desde allí. Un periodista deportivo, culaquier periodista deportivo, diría friccionado. Así era el juego. Una patada acá, un codazo allá y una puteada larga que sale y se pierde. A pesar de los años y las batallas ganadas a lechones, pollos y vacas, se movían bastante los 22 actores. El problema es que no se sabían la letra. La pelota rebotaba como un pibe en un pelotero para el solo. Después de diez minutos y unas varias cervezas y vinos, los simpatizantes estaban en otra. El, no.
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