miércoles, 6 de mayo de 2009

Señor C contra La Niña Rata


Me buscaron. Insistentemente. Mensajes de texto, fax, hasta un servimoto mandaron. Yo seguía filosofando. Pensaba que sólo un genio podía haber inventado el fernet. Y que sólo otro genio podía haberlo mezclado con Coca, formando de esta manera un elixir inigualable. Sobre todo cuando ya nada te importaba. Estaba en eso, en apurar un trago, cuando entró corriendo un muchacho con cara de susto, como si hubiese visto al perro familiar. "Disculpe, ¿el señor Castro?", me preguntó. Lo miré fijo a los ojos. Me encantaba hacer eso porque sabía que mis ojos eran extraños para cualquier mortal. "Me pidieron que le dé esto", dijo y me entregó un papel. No le dije nada. Tampoco esperó. Se fue tan rápido como vino. Dejé mi vaso y sequé i mano en el pantalón. Abrí el papel y me sorprendió leer lo allí decía. Un frío recorrió mi espalda e instintivamente miré en todas direcciones. No había nadie más que una pareja que jugaban al amor, el viejo barman y yo. Volví a leerlo, como para convencerme. Si, decía lo que leía: "la niña rata ha vuelto". No lo podía creer. Respiré profundo, buscando concentrarme y maldiciendo or haberme excedido en el fernet. Me levanté y tiré unos billetes en la mesa. No recuerdo si saludé al viejo barman. Mi apuro era evidente, a pesar de querer mostrar calma. Subí a mi auto y dudé unos segundos, pero finalmente presioné el botón verde. Una serie de transformaciones y el tablero cambió por completo. Indiqué a la computadora central la dirección y el vehículo comenzó a moverse. Mientras, yo aprechaba para ponerme mi traje especial. Nadie debía saber quién era yo y lo que hacía en la ciudad. Una ciudad que se hundía ante un grupo de gente y humanoides que destestaban todo lo bueno. ¿Qué era bueno? ¿Quién definía lo que estaba bien y lo que estaba mal? Definitivamente no era yo. Pero desde que ví a mi familia morir cruelmente...injustamente...decidí que es malo y que es bueno.

Llegué en pocos minutos, mientras la luna jugaba entre las nubes. El viento del otoño, del inexistente otoño, mecía los árboles. Trepé por las paredes, valiéndome de mis artefactos especialmente creados, y llegué a la terraza del más alto. Me paré y agudizé mi vista tanto como pude. La luna me ayudaba...y a la vez me traicionaba, pues dejaba ver mi figura, recortada contra el cielo. Entonces, escuché el chillido. Entre las sombras, corriendo pegada a las paredes, iba La Niña Rata. No dudé. No podía dudar. Me lancé al vacío, por su espalda, evitando que me vea. Estaba a punto de atacar cuando un golpe me desvió. Logré asirme de un balcón. Intenté ver qué había pasado cuando un segundo golpe me nubló la visión. Ya no tenía de dónde agarrarme. Sentí mi espalda chocar contra el techo de un auto. Entonces lo vi. Era el maldito Cóndor que me atacaba. Me paré con dificultad. La Niña Rata estaba para da frente a mi y Cóndor daba vueltas, sin dejar de mirarme.

(continuará)




viernes, 17 de abril de 2009

Señor Juez


La transpiración se hacía cada vez más evidente en su frente. Sus ojos buscaban la nada, pero encontraba el todo y su voz, áspera como la piel de un membrillo, por momentos se perdía.

- Le juro, señor Juez, que mis intenciones eran sanas-dijo-y le voy a demostrar yo mismo que lo dicho aquí contra mi persona es una falacia.


Un murmullo recorrió la sala y él sintió que una bandada de buitres aleteaba sobre su moribundo cuerpo. Tragó saliva, amarga, y carraspeó una...dos...tres veces.


- ¡Silencio o desalojo la sala! - bramó el Juez.


- Gracias, señor Juez-apenas alcanzó a decir. Miró los papeles desacomodados sobre el escritorio mientras se acomodaba la corbata. Un flash de un fotógrafo lo despabiló y confundió a la vez. El Juez se echó hacia atrás y juntó sus manos, tal vez rezando por él, tal vez calentando sus frías manos.


- Prosiga, Otamendi - espetó el magistrado.


- Como le decía, yo no entiendo mucho lo que sucedió. Porque estaba muy tranquilo, una vida piola...perdón, cómoda, y de golpe...todo esto. Me arruinaron. Y quieren hacerme creer que yo soy culpable, que yo me arruiné solo. No, nada más alejado de la realidad -volvió a ojear sus escritos- porque la realidad va a demostrar que yo...este...nunca en mi vida, señor Juez. Le juro que nunca. Bah, para qué jurar si usted ya debe saber mis antecedentes...los que no tengo. Y no es que sea un rarito o un...y lo digo sin ofender, un puto. Es más, tengo muchos amigos putos. Pero también tengo muchos amigos que son hinchas de Banfield y yo no. ¿Me entiende?


El Juez entrecerró sus ojos como un dios griego a punto de destruir una ciudad, pero se contuvo. Otamendi avanzó un paso y se frenó.


- A lo que voy, es que me gusta pasarla bien de vez en cuando. Qué se yo, tomar un fernecito, ir a algún baile o asado con los amigos. Y, obviamente, me gustan las mujeres. Yo no sabía que era piba, porque se la ve más grande. Yo le daba unos 22. Qué iba a saber que tenía 16. Pero yo a ella ni la toqué....le juro. Es más, le dije que no quería nada con ella.


En ese momento, sonrió. Y levantó la vista al techo, como recordando.


- La otra si que estaba buena. La amiga...y ella me daba bola. Asi que empecé a acercarme a ella, un vasito de cerveza, una abrazo, un besito...y bueno, se imaginará, señor Juez...Estuvimos toda la noche teniendo...este...bueno, relaciones sexuales. Y ojo, que a ella le gustaba y me pedía más. Pero con la otra piba, no, le juro que no.


- ¿Y cómo se llama la menor con la que estubo? - preguntó el Juez, mirándolo como si sus ojos fueran los agujeros de una escopeta doble caño.


- Este...Martina Esquivel...si, Martina Esquivel.


Las canas y arrugas habían ganado la cabeza de Otamendi como una enredadera gana un muro. Un muro, una reja, mucha humedad. Cadena perpetua. Esa fue la sentencia. Apelada una y otra vez. Pero no hubo caso. El Juez de la causa cerró el caso y poco después, se mudó de la ciudad junto a su esposa y su hija. Nunca más se supo de él, pero todos recuerdan al Juez, el Doctor Martín Esquivel.


miércoles, 15 de abril de 2009

El otro y Peñalba


"¿Cuándo fue la última vez que miraste el cielo?", inquirió Peñalba. Desde el turquesa al negro absoluto. La bóveda que cubre el todo mostraba una perfección inentendible para tan simples criaturas. Las estrellas, que ya dejaban ver su pompa y brillo, se hinchaban y deshinchaban titilando como balizas, precaviendo al cosmos. Hacía rato que la luna había levado anclas y echado a navegar el cielo, tiñiendo todo de palidez. Venus, orgullosa como siempre, se mostraba más brillante a medida que la noche iba ganando las horas. Tampoco el día peleaba por quedarse. Sabía que iba a volver.


Peñalba hizo un esfuerzo para levantar su cabeza y miró para los costados. Volvió a acostarse, largando un suspiro profundo, como la noche. Con una mano espantó un bicho mientrs la otra hacía de almohada. Era prolijo. Acomodadas una a la par de la otra, sus alpargatas. El viento, sueve, frotaba sus pies que habían recorrido tantos caminos como existían. No sabía ni entendía la etimología de filosofía pero se cuestionaba todo y para todo tenía respuesta. "Hay que mirar el cielo, dijo, porque ahi está todo y ahi nace todo".


El otro lo miró sin decir nada y siguió cómodamente echado. Mucho tiempo llevaban juntos. Peñalba lo quería, aunque a veces lo puteaba. En más de una oportunidad llegó a darle una patada. Pero lo quería. Y el otro, lo amaba. Casi diez años juntos. Menos al baño, lo seguía a todas partes. Peñalba empezaba a caminar y el otro lo miraba angustiado. Un chiflido y le cambiaba el semblante. Corría hasta ponerse a la par. Perro fiel el otro.


Peñalba se incorporó un poco y entrecerró los ojos, como sospechando. A lo lejos, como barcos vikingos en busca de tierras por conquistar, las nubes se acercaban. "Viene tormenta", dijo. Y el otro lo miró, pero no le dijo nada. "Vamos", dijo y se incorporó luego de calzarse las alpargatas. El otro comenzó a andar y se frenó, a esperarlo. Peñalba lo alcanzó y le acarició la cabeza. Rumbearon al "nido", como le decía al rancho.


Una modesta construcción de adobe y pintada a la cal, para protegerla de las vinchucas. Y porque era prolijo. Adentro, una habitación con una cama por la que alguna vez pasó una mujer. La cocina ordenada, que hacía de comedor y de sala velatoria. Porque ahi lo velaron al "Sordo" González, que murió por la mordedura de una yarará que no vió porque no escucharon cuando le advirtieron de su presencia.


La luna les marcaba el camino. El otro se frenó en seco y luego aceleró el paso, hasta frenarse nuevamente. "Tranquilo, che, es un caballo", dijo Peñalba. La silueta del equino, que pastaba mansamente, se dejaba ver en medio del camino. Pasaron por al lado y en ese momento, el caballo levantó la cabeza y dijo: "Buenas noches". Abrir los ojos hasta que casi se salieran del cráneo, las piernas compitiendo una con la otra para ver cuál era más rápida, las bocas abiertas tragando todo el oxígeno del mundo. Espantados, corrieron unos 800 metros. Peñalba le dió una patada a la puerta del rancho y el otro aprovechó y corrió hasta meterse bajo la cama. Peñalba, por miedo, por confianza, lo imitó. Asi estuvieron un buen rato, agitados, asustados. Entonces, el otro miró a Peñalba y dijo: "¡¿Qué cagazo, no?!".

jueves, 2 de abril de 2009

Gorostiaga, qué hace???


Nadie sabe nada de él en la oficina. Nadie sabe bien qué función cumple ni cuántos años hace que trabaja en ese lugar. Nadie sabe su nombre. Es Gorostiaga. Pelo negro, engominado, nunca gel. Lentes. Nariz prominente, labios finos y los ojos en permanente sospecha, achinados. Los hombros enjuntos, como pájaro mojado. Traje gris, siempre gris. El nudo de la corbata denota que nunca lo desarma. Gorostiaga no se lleva bien con la tecnología. Lo demuestra cada vez que se sienta frente a su computadora y menea la cabeza mostrando su disconformidad. Mira para todos lados, buscando ayuda. Nadie lo mira. Como siempre. Y él se sumerge en su mundo. Nunca insulta, apenas si murmura un "mier...", dejando la última sílaba en su interior. Y se sonroja. Gorostiaga no levanta la voz. Y pocos la conocen. El Jefe de la oficina lo escucha de vez en cuando pero lo interrumpe apenas comienza a balbucear. Su voz, suave, gangosa, pasa desapercibida en el trajín del trabajo. Gorostiaga tiene 35 años, o 45, o 55. Es lo mismo. A nadie le interesa. Ni su nombre. "¿Qué hacés, Goro?", lo saludó la Secretaria un día. Se sonrojó y tímidamente dijo, sin que lo escucharan, "Daniel me llamo", y siguió su camino.

Nunca le encomendaron misiones complicadas. "Gorostiaga, comprame una tira de Cafiaspirina", es la orden más recurrente. Y Gorostiaga la cumple. Un día faltó, y el Jefe no tuvo otra alternativa que soportar su dolor de cabeza.

Se acercaba Semana Santa y los trabajadores de la Oficina decidieron hacer un fondo común y comprar huevos de pascua. Gorostiaga aportó, como todos. El miércoles anterior al feriado largo, en una gran canasta, estaban todos los huevos de pascua. Uno a uno, los trabajadores buscaron su obsequio. Gorostiaga, tímidamente, se dirigió a la canasta. "¡Gorostiaga, qué hace???", inquirió el Jefe. "Yo...esteee...busco mi huevo de pascua". El Jefe miró a todos los trabajadores. Algunos bajaron la vista, otros sonrieron socarronamente. "No, Gorostiaga, vaya a buscarme Cafiaspirina". No dijo nada. Era lo mismo, nadie lo huebiese escuchado. Mientras se iba a cumplir su tarea, escuchó risas y un "¡Felices pascuas!". Metió la mano en su bolsillo y sacó un frasquito. Una mueca se instaló en su boca, como si fuese una sonrisa.

Esa noche, cuando ya todos los trabajadores y el Jefe estaban internados, la mujer de limpieza vació el último cesto. Ahí fue el frasquito de Gorostiaga, ese que contenía veneno.

Cambió el Jefe y los trabajadores. Pero Gorostiaga seguía y todos seguían sin saber de él. A veces miraba a todos y pensaba: "Felices pascuas...un huevo pedía...nada más".


A Fabiano Actis

jueves, 26 de marzo de 2009

Perfumes aromáticos y olorosos


Inspirar fuerte y profundo y cerrar los ojos van de la mano. Sobre todo cuando el aroma es agradable a nuestro organismo receptor. Claro, cuando el olor es insoportable también cerramos los ojos pero lo acompañamos con un gesto de asco.

Hay perfumes que nos disparan recuerdos inmediatos. Cuando huelo una fritura se me viene la imagen de Sara, mi abuela, que cocinaba unos buñuelos de acelga que los describo en dos palabras: impre, sionante. Claro que cuando me llega al olfato el olor de frituras cocinadas con aceite que se utilizó para repeler a los ingleses en 1806, siento una repulsión terrible (te-rri-ble, diría José).

Antes, los jazmines no me gustaban, me descomponían. Sin embago, no sé bien por qué, ahora no me imagino un jardín sin ellos.

Hay otro olor que despierta sensaciones encontradas en mi ser: el sexo de la mujer. No todas huelen igual. Algunas, te envuelven con su fragancia y te dan ganas de quedarte a vivir ahí. Otras, te invitan a que les preguntes: ¿a cuánto el kilo de cornalitos?

Después, están los olores extraños que, particularmente, me gustan: un fósforo cuando se apaga, la nafta, el desodorante de ambiente perfume de bebé. Pero, el mejor, lejos, número uno...Jazz de Yves Saint Laurent. Se acerca mi cumple...no sé si captan el mensaje.

martes, 24 de marzo de 2009

La final del final (parte II)

Un mosquito se entretuvo más de la cuenta, como haciendo una sobremesa, en su brazo. La mancha de sangre quedó marcada en su palma. Hasta ese gesto lo hizo con bronca. Los miró. Se levantó lentamente, casi sin que nadie lo percibiera. Fue hasta su bolso.
El silbato del árbitro despabiló a varios. Los dos equipos comenzaron a poblar la cancha y al costado se fueron acomodando los simpatizantes. Bicicletas, motos, piedras grandes y algunos cajones hacían de platea preferencial y la techada era bajo una morera enorme.
Una moneda de cincuenta centavos surcó el cielo y aterrizó sobre la gorda mano del gordo referí. "Cara, ustedes sacan", le dijo al capitán de su equipo. El miraba atento desde afuera mientras movía circularmente sus pies. Calentaba el cuerpo aún sabienmdo que no iba a jugar. Su mente ya estaba caliente.
La pelota se movió del medio, la otra pelota, el árbitro, siguió casi todo el juego desde allí. Un periodista deportivo, culaquier periodista deportivo, diría friccionado. Así era el juego. Una patada acá, un codazo allá y una puteada larga que sale y se pierde. A pesar de los años y las batallas ganadas a lechones, pollos y vacas, se movían bastante los 22 actores. El problema es que no se sabían la letra. La pelota rebotaba como un pibe en un pelotero para el solo. Después de diez minutos y unas varias cervezas y vinos, los simpatizantes estaban en otra. El, no.

jueves, 19 de marzo de 2009

La final del final (parte I)


Siempre las burlas. Estaba cansado de las burlas de siempre. "Chancleta, no te calentés" le gritaban. Sonreía y en esa gesto iba un universo paralelo de puteadas. No se bancaba más las burlas. Al final, ¿eran amigos o enemigos? Que un rival lo gaste, vaya y pase. Pero que los de tu equipo se burlen, era mucho.

El sol era insoportable, ideal para el cajón de cerveza helada mezclada con Coca. Se quedó a un costado, jugando con un pucho en sus dedos. Los otros reían y comentaban el partido mientras preparaban la final. El sabía que no iba a jugar, no tenía chances. "Dale, chancle, no te bajonées" le dijo uno. Ni lo miró. Su cabeza se preguntaba por qué amando tanto el fútbol, Dios lo había hecho tan malo para jugarlo. Después de todo no eran tan malos sus amigos porque le permitían ser parte del equipo. En el fondo sabía que lo llamaban por si faltaba alguno y que lo metían cuando el partido ya estaba liquidado.

Ruth, la compañera


Ruth es compañera. Literalmente. Siempre atenta, sonriente, lista para ayudar o servir. Escucha y habla. Habla lo justo, pensando cada palabra, sintiendo lo que dice. Escucha todo lo que le dicen y lo asimila. Lo bueno y lo malo. Es fuerte aunque parece débil. Tiñó sus manos de rojo, de su rojo y las limpió con sus lágrimas y las curó con su silencio. La marca le recuerda lo agria que puede ser la vida. La risa de su pequeña le muestra lo dulce que es la vida. Camina sola. Duerme sola. Ruth es compañera. Solo hay que aprender a amarla. Literalmente es compañera.

miércoles, 18 de marzo de 2009

Sommier y yo


Sommier es grande. Blando por fuera, pero firme por dentro. Es nuevo y lindo. Sus pequeñas patas aguantan mi peso...y más. Estamos solos. No hay nada que se interponga entre nosotros. Ni sábanas ni mantas. Ni siquiera un almohada. Acaricia mi cuerpo y le devuelvo su suave accionar estirando mi largo cuerpo en todo su ser. Aunque nos estamos conociendo siento que lo amo. Siento que lo nuestro va a ser duaradero. No digo para siempre, pero va a ser muy bello.

Por ahora, como todo romance que recién se inicia, nada nos interrumpe. No hay heladera que me llame a buscar en su interior. No hay televisor que distraiga mi ya distraída mente. No hay radio que pase la música que nunca quiero escuchar. Apenas si hay un libro que compartimos juntos.

Pronto llegará ella y querrá compartir mi amor hacia él. Espero que lo entienda, que lo comprenda. Lo digo por ella. Porque estoy seguro que él, Sommier, me banca. Y hasta disfruta en su morbo, sentir que nuestros cuerpos participan con él de un trío fantástico.

Solos, siete días solos. Fueron maravillosos. Los dos solos contando nuestros secretos.

martes, 17 de marzo de 2009

Sapo, no príncipe...


El sapo miró una vez más. Las membranas de sus ojos bajaron y subieron con asombrosa rapidez. El croar de sus congéneres, el viento en los cadillos, los molestos grillos desafinando. Nada. El sapo no escuchaba. Tampoco olía los jamínes y azahares que repugnaban el ambiente. Solo miraba. Su suerte, su buena suerte, comenzaba a crecer y el viento echaba con vozarrón de tabernero a las ebrias nubes. La luna, envidiosa, iluminaba sin saber que su luz era del envidiado. Que le importaba al sapo cuya única meta en ese instante, era mirar. El estanque tenía más barro, producto de la sequía. Tantas nubes sin lluvia. Una orquesta sin partitura ni instrumentos. Hacía mucho que vivía alli. Nació y nadó alli. Para él, era lo mismo que tuviera o no agua. Valió la pena, debe haber pensado el sapo, tanto sacrificio, tanta metamorfosis. Seguro lo pensó si es que los sapos piensan. Este parecía muerto, de museo de ciencias naturales. Apenas si se le hinchaba la papada. Concentrado, asi estaba. De a ratos, se le reflejaba en los ojos la víctima. Los cadillos quedaron inmóviles. Enfrentó sus patas delanteras e hizo un movimiento, casi imperceptible, hechando su cuerpo hacia atrás. Si la vida tuviera supermotion, la vista de su lengua saliendo de su boca mientras su deforme cuerpo se estiraba era digna de ver. Alcanzó su objetivo en un segundo, tal vez menos. Y en menos también lo soltó. La colilla de cigarrillo encendida quedó a un costado. La puta que lo parió, pensó, si es que los sapos piensan. Tendrían que prohibir esa mierda, pensó, si es que los sapos piensan. Escuchó las carcajadas de los changos que se alejaban del lugar, encendiendo otro cigarrillo en busca de otra víctima.

El sapo siguió inmóvil. Un tuco pasó frente a sus ojos. No, los sapos no piensan. Lo dejó pasar con su luz brillante. Es que sapo que se quema con una colilla, ve una luciérnaga y llora. No piensa.

sábado, 14 de marzo de 2009

De sólo pensar que pienso, me pongo a pensar...

Hola...
Hay veces que me embola saber que pienso cosas que tal vez estaría bueno poder compartir con otros seres y no sé cómo hacerlo. Pero desde que descubrí Blogger.com la vida me cambió!!!
No, no me cambió nada...y ya lo conocía al sitio. Nada más que ahora tengo más ganas de escribir. Hasta que se me pasen.